A veces me pregunto si el título de la película Silent Running (1972) está inspirado por
el título del influyente ensayo ecologista The
Silent Spring de Rachel Carson publicado en 1962. La obra de Carson despertó la conciencia ecológica de
toda una generación, nos alertó del peligro que corrían nuestras selvas y
bosques, y por ende nuestra propia subsistencia.
La película dirigida por Douglas Trumboll nos
sitúa en un futuro en el que parecen haberse cumplido los peores vaticinios de
Carson. La nave espacial Valley Forge
es un enorme arca de Noé, una reserva natural donde se conservan los últimos
bosques de la Tierra. No obstante, la civilización humana pervive en la Tierra a pesar de haber
arrasado la vida vegetal del planeta. La misión de la nave-invernadero Valley Forge consistirá en preservar, durante un largo periplo por el sistema solar, los últimos bosques hasta que vuelvan a darse en la Tierra las condiciones necesarias para repoblarla de vegetación.
Al frente de la misión estará el melancólico botánico Freeman Lowell, quien acompañado de otros dos tripulantes humanos y tres eficientes "drones" jardineros: Dewey, Huey y Louie. Estos tres autómatas se convertirán en los verdaderos guardianes de un tesoro desdeñado y esquilmado por la humanidad.
Ésta es una película triste, quizá no ha envejecido muy bien en lo relativo a los aspectos técnicos. Sin embargo, el desolador futuro que nos anticipa parece cada vez más probable. A pesar de todo la película sigue siendo resultona. La historia conmueve, siempre que perdonemos las "pocas luces" que demuestran tener todos sus personajes humanos.
Dewey regando las plantas mientras escucha a Joan Baez




